Por MARCELA BETANCOURT G.
Es sabido que en los malos momentos se conocen los amigos y la tragedia natural en Chile evidenció la existencia de anónimas historias donde solidarios microempresarios -con profundo sentido de la responsabilidad social- se pusieron la camiseta por la gente.
Los feriantes a la calle
La madrugada del sábado Froilán Flores (58), vicepresidente de la Asociación de Ferias Libres (ASOF), se quedó dormido. Pasada las 3 de la mañana se subió a su vehículo en dirección a Lo Valledor para abastecerse de la mercadería que vendería horas más tarde en la feria Barón de Juras Reales de Conchalí. En ese momento se dio cuenta que le quedaba poca bencina y decidió parar para llenar el estanque, pero justo comenzó el sismo. “Yo estaba cargando el auto cuando se cortó la luz y perdí los 8 mil pesos que había pagado, pero entiendo que eso es un detalle ante tanta tragedia”, relató Flores.
Una vez que disminuyó la intensidad del movimiento telúrico, Froilán retornó a su casa para cerciorarse del estado en que se encontraba su esposa y sus dos hijos. Su familia estaba bien, pero su casa había sufrido profundos daños estructurales. “Nosotros sabíamos que la gente recurriría a la feria para comprar mercadería y poder controlar la sicosis del desabastecimiento que rondaba en el país. Con los supermercados cerrados la gente iba a salir a comprar a las ferias libres”, aseguró el vendedor, quien recuerda que el grueso de la gente apareció cerca de las 12 del día. “Éste es un punto de encuentro donde se crea sociedad, por eso el día sábado la gente se abrazaba y nos contaba sus tragedia, e incluso había personas que nos preguntaban si conocíamos algún maestro para reparar sus viviendas”.
El vicepresidente de la ASOF aseguró también que los comerciantes mantuvieron intactos los precios de las frutas y verduras a lo largo de todo el país. “En el espíritu del feriante no cabe la especulación de precios y ninguno de los nuestros se aprovechó de la situación.
El microempresario aseguró que la labor realizada demuestra una vez más que los feriantes se la juegan por su gente, que conocen las necesidades de cada caserita(o) y que nunca abandonarían a los chilenos en una situación tan terrible como ésta. No obstante, aprovechó la oportunidad para hacer un llamado a las autoridades a que fortalezcan el gremio y a sus trabajadores.
Pan para el pueblo
La Panadería del Pueblo se ubica en Providencia hace más de 20 años. Atendida por su dueño, José Yáñez, quien es actualmente el presidente de la Federación Chilena de Panaderías (Fechipan), fue otro de los negocios que funcionaron ininterrumpidamente durante las 48 horas posteriores a la tragedia.
El panadero y sus trabajadores comenzaron a hornear pan muy temprano, en la mañana, poniendo a disposición de la gente 1.200 kilos de marraquetas y hallullas durante el día sábado.
A eso de las 7 de la mañana la panadería comenzó a vender pan a las decenas de personas que llegaban a comprarlo pensando que en cualquier momento se podía acabar. “Al negocio llegó mucha gente proveniente de otras comunas, porque sabían que nosotros íbamos a vender igual”.
Yáñez reconoce que muchos panaderos se han aprovechado de la situación subiendo inescrupulosamente los precios, pero asegura que no todos han actuado así, siendo esta panadería un ejemplo de ello, pues mantuvo el precio del kilo de pan en 850 pesos.
Maipú vendió bencina
No había transcurrido ni un día cuando las principales bombas bencineras de la capital se vieron colapsadas por la gran cantidad de vehículos que hicieron fila para llenar sus estanques a pesar de que el gerente general de ENAP, Rodrigo Azócar, había anunciado que había gasolina suficiente para las próximas dos semanas. No obstante, como muchas bombas de la capital no contaban con electricidad, las horas críticas hicieron que abundara la angustia. Pero como buen microempresario, en medio del pánico colectivo por un supuesto desabastecimiento de combustible, Enrique Gillet y sus hijos decidieron abrir su gasolinera el sábado a las 8 de la mañana.
“Al mediodía había una fila enorme de unos 300 autos esperando cargar bencina, fue impresionante ver tanta gente desesperada”, recuerda Francisco, el hijo menor de Enrique.
El centro de distribución de bencina Del Sol Combustibles funciona en Rinconada hace 4 años y no dudó en abrir su portón para atender a la población. La casa de los Gillet no sufrió grandes daños materiales, situación que la familia agradeció y que trató de compensar poniendo su negocio a disposición de los clientes.
“Cuando vimos que todos los autos querían llenar sus estanques decidimos poner un límite de 10 mil pesos por carga, para asegurar el servicio a todas las personas.